miércoles, 25 de marzo de 2015

Para qué educar y para qué los maestros.

Guía de lectura para el miércoles  1 de Abril
  1. ¿Cuál es el objetivo de educar?
  2. ¿Los cambios culturales y tecnológicos han cambiado la naturaleza esencial del hombre?¿Por qué?
  3. ¿Qué son las “habilidades básicas” que nos permiten progresar como personas?
  4. ¿Cuáles son esas “habilidades básicas”?
  5. ¿Se puede vivir tranquilo y conforme sin desarrollar esas habilidades? (Es una pregunta personal, no hay una respuesta correcta, lo importante es tu respuesta)
  6. ¿Cuál te parece más importante de esas habilidades básicas y por qué? (también es personal)
  7. ¿Cómo se transfieren esos habilidades básicas?
    ¿Por qué se asiste a una escuela?
  8. ¿Por los contenidos?
  9. ¿Por los hábitos?
  10. ¿Qué tipos de consciencia crea una escuela?
  11. ¿Por qué esos tipos de consciencia son fundamentales?
  12. ¿Para qué los maestros?
  13. ¿Cuál es la función que siempre conservará el maestro?
  14. ¿Qué quiere decir que se convierte en “responsable del mundo” el maestro, ante el alumno?
  15. ¿Qué quiere decir esta definición: enseñar es el arte de ser humano y de comunicar esa humanidad a los otros?
  16. Lee la parte “El agotamiento del capital docente” e intentá hacer un resumen.

¿Para qué educar?
Dejaremos que este interrogante sea inicialmente respondido por Randy Sparkman, un tecnólogo estadounidense interesado en el lenguaje y en las implicancias culturales de los medios y las máquinas. Su respuesta nos ayuda a entrever posibles estrategias para la supervivencia de la escuela, que es otra forma de decir, para la continuidad de lo humano. "Educar" dice"sin duda para la cultura privada, para el trabajo y también para los asuntos públicos. E1 objetivo es ayudar a nuestros niños a alcanzar su máximo potencial, no sólo como seres económicos sino, fundamentalmente, como seres humanos."
Advierte a este respecto un hecho clave: aunque hayamos ocupado con tecnología cada resquicio de nuestras vidas, la naturaleza esencial del hombre ha cambiado poco. Seguimos siendo seres motivados por los desafíos, discutidores, sociables, orientados hacia el trabajo, dispuestos a tomar riesgos, regidos por el espíritu. Por eso, como la tecnología evoluciona permanentemente mientras la naturaleza humana cambia tan lentamente que parece perenne, la ironía de la era digital es que serán las habilidades "básicas", no las fundadas en la tecnología, las que permitan progresar a los personas.
¿Cuáles son estas habilidades? Sparkman prefiere referirse a ellas como dones o regalos, no en el sentido de algo físico construido, comprado o cedido, sino más bien como la transferencia de una actitud, de una predisposición, de un rasgo que pasa de una generación a otra, a diferencia de los productos de los transitorios y a menudo estériles entrenamientos "prácticos".
Entre esos dones, menciona los siguientes:
•la habilidad de leer textos y comprenderlos, don que será tan importante en el próximo siglo como lo fue en el siglo XV;
la capacidad de pensar independientemente, de resolver problemas, de generar ideas;
la posibilidad de expresar esas ideas en forma clara y simple;
la capacidad de discernir y elegir lo que tiene valor entre la multitud de estímulos que nos ofrece la realidad;
la conciencia del contexto en el que se desarrolla la vida personal, lo que supone advertir la esencia de cada uno como ser histórico: quién es uno y de dónde proviene, quiénes son los otros, cómo ha llegado la humanidad hasta aquí;
la identificación de las diferentes causas que generan el cambio, que no son sólo las tecnológicas, así como la comprensión de que no todas las facetas de nuestras vidas están sometidas a transformaciones de igual velocidad, y
una percepción del equilibro que debe caracterizar a la vida humana construida mediante la experiencia de diversas disciplinas y de la constelación de actividades dispares que hacen a la multidimensionalidad de la aventura del vivir.
Ejemplo y disciplina para transmitir valores
¿Cómo se transfieren esos "dones"? Fundamentalmente, mediante el ejemplo y cultivándolos con disciplina. No basta con que los adultos aprueben las enunciaciones si luego terminan abdicando de la responsabilidad de preparar a los niños para el futuro. Esta alcanza a todos y no sólo a los educadores: padres, empresas, comunidad, gobierno. Como señala Sparkman,
esta apuesta por las habilidades básicas no es una simple apelación nostálgica a regresar al pasado. Esta sugestión se basa en el convencimiento de que, a medida que las máquinas digitales se insinúan cada vez más en nuestras vidas, serán las habilidades específicamente humanas, aquellas en las que las computadoras fracasan, las que nos permitirán manejar nuestra tecnología y emplearla siempre que permitan agregar valor y no confusión a nuestra existencia. La tecnología ocupará un lugar creciente en la vida de la gente pero, independientemente del hecho de que un niño llegue a ser un ingeniero de sistemas o un pintor de paredes, las habilidades básicas requeridas para crear, asimilar y expresar el conocimiento y la información son las mismas y, por eso, serán . esenciales para todas las actividades económicas y sociales.
Dispuesta a proporcionar estas capacidades, a hacer a los niños estos "regalos" junto con la familia, la escuela debería advertir su papel como último refugio de lo humano, siempre que consiga resistir con éxito el embate de las tendencias señaladas más arriba. Si lo logra, será uno de los pocos ámbitos institucionales en los que resultará posible que los niños y los jóvenes adquieran herramientas que les permitan encarar la aventura singularmente humana de intentar comprender el mundo, de reconocer en él un orden y de darle un sentido a la experiencia de vivir
William Johnson Cory, un profesor de la prestigiosa escuela de Eton, en Inglaterra, definió muy bien el propósito de la educación cuando dijo a sus alumnos en 1861:
No están ustedes comprometidos tan sólo en adquirir conocimientos, sino, fundamentalmente, en realizar esfuerzos mentales mientras son sometidos a la crítica. Si poseen facultades mentales normales, pueden adquirir y retener una cierta cantidad de conocimientos, y no es necesario que se lamenten por las horas que han dedicado a lo que sin duda olvidarán porque al menos la sombra del conocimiento perdido los protegerá de muchas ilusiones.
Pero ustedes asisten a una gran escuela, no tanto por el conocimiento sino para adquirir artes y hábitos: el hábito de la atención, el arte de la expresión, el arte de asumir de improviso una postura intelectual, el arte de ingresar rápidamente en el pensamiento de otra persona, el hábito de someterse a la crítica y a la refutación, el arte de indicar asentimiento o disenso en forma medida, el hábito de prestar atención a los pequeños detalles de los que depende la exactitud, el hábito de advertir qué es posible realizar en un tiempo determinado. Van a una gran escuela para desarrollar el gusto, la discriminación, el coraje y la sobriedad mentales.
Pero, por sobre todo, asisten a una gran escuela para conocerse a ustedes mismos.
Desde otra perspectiva, el académico francés contemporáneo Marc Fumaroli resume muy bien esta visión de la escuela:
La escuela es la llave del futuro de nuestra civilización. Su papel debe ser contribuir a crear conciencia lingüística, conciencia histórica y conciencia moral. Estas tres formas de la conciencia de uno mismo, que son inseparables de la conciencia del otro, constituyen el modesto objetivo para la escuela del mañana. Debemos tener el coraje de depositar en la escuela el germen de una educación que se oriente en la dirección opuesta al utilitarismo dominante. Sólo así las futuras generaciones podrán reaccionar críticamente frente a la poderosa maquinaria del conformismo cultural.
La única posibilidad de salvaguardar la especificidad cultural de raíz europea, en su opinión, es adherir al modelo escolástico de derivación humanista, que busca conformar una cultura general en contraposición a la especialización precoz que algunos alientan, siguiendo el ejemplo estadounidense.
¿Para qué los maestros?
Así concebida, la escuela queda como última trinchera de la posibilidad de enfrentar a las nuevas generaciones con el ejemplo inspirador de quienes respetan la tarea de conocer y se dedican a ella: los maestros.
Efectivamente, son ellos quienes encierran la clave del aprendizaje. Lo señala muy claramente el psicólogo infantil G. Ginott cuando dice:
He llegado a una conclusión aterradora: yo soy el elemento decisivo en el aula. Es mi actitud personal la que crea el clima. Es mi humor diario el que determina el tiempo. Como maestro, poseo un poder tremendo de hacer que la vida de un niño sea miserable o feliz. Puedo ser un instrumento de humor, de lesión o de cicatrización. En todas las situaciones, es mi respuesta la que decide si una crisis se agudizará o se apaciguará y un niño se humanizará o se deshumanizará.
Muchos problemas de la enseñanza se resolverán en la próxima década. Se crearán nuevos ámbitos de aprendizaje y nuevas formas de instrucción. Una función, sin embargo, será siempre conservada por el maestro: crear el clima emocional del aprendizaje. Ninguna máquina, por sofisticada que sea, puede hacer este trabajo.
El filósofo español Fernando Savater explica de esta manera la función trascendente del maestro:
Quien pretende educar se convierte en cierto modo en responsable del mundo ante el neófito, si le repugna esta responsabilidad, más vale que no estorbe. Hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino asumirle conscientemente porque es y porque sólo a partir de lo que es puede ser enmendado.
Neil Postman, a cuyo pensamiento recurrimos en forma reiterada, señala:
A pesar de nuestros intentos de convertir la docencia en una ciencia, a pesar de inventar materiales de enseñanza a prueba de maestros, y aun a pesar de nuestra intención de crear "nuevos currículos relevantes", un simple hecho hace que todos estos propósitos naufraguen. Efectivamente, un estudiante aprende cuando siente que su maestro es una persona auténtica, cálida y curiosa. Cuando el estudiante no lo percibe así, no aprende. No hay forma de evitar este simple hecho, aunque las personas con orientación tecnológica lo intentemos obstinadamente. Creemos en los expertos y en sus capacidades, y tendemos a no confiar en ninguna actividad que no implique una técnica compleja. Y, sin embargo, el aumento de la complejidad en torno al acto de enseñar no ha introducido una gran diferencia, porque siempre regresa a la superficie el simple hecho de que enseñar es el arte de ser humano y de comunicar esa humanidad a los otros. ¿Poiqué nos resulta tan difícil aceptarlo? ¿Por qué confiamos en nuestras máquinas, nuestras ecuaciones y nuestras fórmulas más que lo que confiamos en nuestra humanidad? ¿Por qué pensamos que un currículo puede hacer algo que las personas no podemos? Nuestro fracaso en colocar el afecto y la empatia en el centro del proceso educativo dice algo muy grave sobre nosotros mismos, y no pienso que nos resulte muy útil perseverar a menos que podamos aprender a amar menos nuestra tecnología y más a nosotros mismos.
El agotamiento del capital docente
Asistimos a un creciente desprestigio social de la tarea docente, que, en nuestro país, queda claramente confirmado por la escasa remuneración que reciben quienes se dedican a ella. Conocemos las opiniones de modelos y deportistas sobre los más diversos problemas argentinos, pero no recordamos el juicio de un maestro. Por eso, no podemos sorprendernos por la calidad de los "héroes" valorados por nuestros niños y jóvenes. Estos aprenden muy bien de los ejemplos que a diario les ofrecemos los adultos, al presentarles como modelos a quienes personifican lo que decimos menospreciar. Entonces, ¿a quiénes esperamos que valoren más los chicos? Un estudio reciente demuestra que los ídolos de los niños argentinos de entre 8 y 12 años son el futbolista Diego Maradona (20%) y los cantantes Fito Paéz (18%), Luis Miguel (14%), Ricky Martin (12%) y Bonjovi (11%).
El capital docente que hemos recibido se nos agota en cantidad y en calidad. Es por el desinterés de todos por lo que languidecen nuestros pobres maestros, acosados por cambios permanentes que generan una verdadera "fatiga de la innovación", por la ansiedad que despierta un perfeccionamiento que consideran vitalmente necesario pero que se les hace casi imposible, por la verdadera condena que les impone su vocación. Los propios docentes advierten ese desinterés: de acuerdo con un estudio del Instituto de Investigación Observatorio Urbano, ocho de cada diez docentes están poco o nada satisfechos con el reconocimiento que brinda la sociedad a su actividad.
Posiblemente, esta falta de reconocimiento social explique que, entre 1986 y 1992, mientras la cantidad de alumnos aumentó en todos los niveles del sistema educativo, los aspirantes al magisterio disminuyeron en el 34%. El reciente aumento de la desocupación ha hecho que se registre un incremento, a partir de 1995, de la cantidad de estudiantes de profesorado en los institutos terciarios de la Ciudad de Buenos Aires, que recuperaron los niveles de matrícula de 1986. Se ha señalado que, si bien, décadas atrás, quienes optaban por la docencia eran jóvenes de clase media e hijos de profesionales, en los últimos años, muchos encaran la docencia después de haber fracasado en otros estudios. Esto hace que se incorporen a la enseñanza jóvenes de sectores sociales con un menor capital cultural en la medida en que la docencia, en muchos casos, se ha convertido en una alternativa al servicio doméstico.
¿Cómo habremos de educar a los niños y los jóvenes sin buenos maestros o profesores? Se critica, muchas veces con razón, la calidad de los docentes actuales. Pero si se mantiene la situación de desprestigio social en que ha caído la labor docente, manifestada, entre otros signos, por la comentada decadencia de su remuneración, ¿alguien piensa que nuestros estudiantes más talentosos han de dedicarse a la docencia como medio de vida?
No deberían, pues, sorprendernos los resultados de una investigación en la que se pregunta a jóvenes universitarios argentinos cuál consideran que es la actividad que más valora la sociedad actual: el 40% se inclina por la de los empresarios, seguido por la de los modelos publicitarios, animadores de televisión y deportistas. Cierran la lista el maestro, con el 1,2% de las menciones, y el profesor universitario, con el 0,4%. Es decir, que los jóvenes perciben que la sociedad no aprecia a las personas a las que confía su educación. Es otra forma de decir que advierten que la sociedad no cree en el conocimiento, que es lo que esas personas representan.
No hace mucho, fue asesinado en Nueva York el hijo del presidente de TimeWarner, uno de los conglomerados de comunicación más importantes del mundo. Jonathan Levin, tal era su nombre, trabajaba como maestro de inglés en una escuela secundaria del violento South Bronx y vivía en un departamento de un ambiente. ¿Contará la Argentina actual con muchos ejemplos similares de hijos de la clase dirigente tan vitalmente comprometidos con el destino de los demás? • Imaginen, padres y abuelos, que sus hijos o sus nietos un buen día les anuncian que no quieren ser contadores, modelos, dirigentes de empresa, músicos de rock o deportistas. Que, en realidad, quieren ser... maestros. Las razones que lievan a padres y a abuelos a reaccionar como sin duda lo harían ante esa confesión encierran las claves para modificar lo que nos pasa. De allí que resulte socialmente imprescindible que los argentinos nos preocupemos por lo que les sucede a los maestros, lo que supone interesarnos por nosotros mismos. Ese compromiso real de todos es el único capaz de crear las condiciones para que las personas que enseñan sean las mejores. Sólo así se podrá garantizar el cambio de rumbo de nuestra educación. Esta sigue dependiendo del ejemplo de quienes se ocupan de generar el conocimiento, de interesar a los demás en él, de enseñar a aprender. Siguen siendo las personas las que llevan a cabo esas tareas y, por eso, los maestros son la educación. El respeto social que se les dispensa es la educación. Si los docentes no pueden vivir decentemente de su trabajo (y de hecho no pueden), resultará imposible mantener la calidad de nuestro sistema educativo, no ya pensar en cambiarlo. La escuela son las personas y no los edificios o las herramientas didácticas, por modernas que parezcan.

Las escuelas no serán sitios gratos para los alumnos hasta que no lo sean para los maestros. De proseguir la tendencia actual, las escuelas terminarán siendo gratas sólo para las máquinas. Todo lo que se coloca bajo el abarcador paraguas de la "modernización" (cambios curriculares, gestión educativa, etc.) es, sin duda, importante. Pero resulta imposible insertarlo en una realidad que transita por otros senderos. Los permanentes conflictos que sacuden a la docencia, como gran parte de lo que sucede en la Argentina contemporánea, reflejan esa colisión entre el querer (muchas veces, compartido) y la posibilidad real de ser. Cuando el discurso de la reforma modernizadora se estrella contra la tozuda y concreta realidad, estalla la crisis.

viernes, 13 de marzo de 2015

Los padres frente a la educación / La crisis educativa afecta a los demás

Guía de lectura para el Miércoles 18 de Marzo

  1. ¿Qué ha sucedido con la confianza depositada por la población en el sistema de enseñanza?
  2. ¿Qué lugar ocupa la educación cuando se les pregunto qué es lo que más afecta al entrevistado y a su familia?
  3. ¿La gente cree que la crisis de la educación afecta su propio grupo familiar?
  4. ¿Qué calificación le da el 86% de los entrevistados a las personas?
  5. ¿Qué calificación le da el 60% de los entrevistados a la educación que ellos mismos han recibido?
  6. ¿Cómo considera el 47% de los encuestados el rendimiento académico de los alumnos del país?
  7. ¿Cómo considera el 81% de los encuestados el rendimiento académico de sus propios hijos?


Los padres frente a la educación
El estado de la educación en el país es uno de los problemas que encabezan la nómina de cuestiones que preocupan a los argentinos. Asimismo, los estudios de opinión pública demuestran que, durante la última década, cayó la confianza depositada por la población en el sistema de enseñanza: mientras que, en 1984, el 54% de las personas confiaba mucho o bastante en ese sistema, en 1996, lo hacía sólo el 33%. En una investigación llevada a cabo en 1999, más de la mitad de los encuestados piensa que la situación educativa del país empeoró en el lapso transcurrido entre 1997 y 1999.
Otras investigaciones recientes señalan que el 8% de los entrevistados piensa que la educación constituye el problema más grave del país: ocupa el cuarto lugar detrás del desempleo (36%), la corrupción (24%) y la pobreza (9%). Sin embargo, cuando en esa misma muestra se investiga lo que más afecta personalmente al entrevistado y a su familia, la educación queda relegada al séptimo puesto, con el 4% de las menciones. La preceden el desempleo (33%), los bajos salarios (20%), la seguridad y el delito (10%), la pobreza (9%), la situación de los jubilados (7%) y la corrupción (6%).
Estos estudios indican que la mayoría de los argentinos entiende que la educación atraviesa serios problemas, pero interpreta que se trata de una crisis que no afecta a su propio núcleo familiar. Resultan coincidentes los resultados de una investigación realizada en un conjunto de nueve ciudades del interior del país en 1997. En ese caso, el 86% de los entrevistados calificó la situación de la educación en el país como regular, mala o muy mala. Sin embargo, el 60% dijo estar conforme o muy conforme con la educación recibida por ellos. Es de hacer notar que el 70% de los entrevistados en esta investigación estaba estudiando en el sistema público o lo había hecho en el pasado. Posiblemente esa discrepancia entre la percepción del estado general y la de la situación personal de cada entrevistado explique el hecho de que, en ese mismo estudio, la educación haya ocupado el séptimo lugar entre los considerados problemas principales del país. Efectivamente, la educación recibió el 3% de las menciones mientras que la falta de trabajo encabezó la nómina de problemas (34%), seguida por la corrupción (24%).
La sorprendente disociación que insinúan estas investigaciones entre la percepción del estado general de la educación y la de la situación personal confirma la existencia de una actitud que ha sido puesta de manifiesto de manera sistemática por una serie de estudios realizados durante la década de 1990 por Enrique Zuleta Puceiro. Así, por ejemplo, cuando en 1994 se analizó una muestra que representaba a todo el país, se comprobó que el 65% de los entrevistados consideraba que la educación en la Argentina era regular, mala o muy mala. Pero, en cambio, si se requería de esas mismas personas una evaluación del colegio al que concurrían sus propios hijos, se comprobaba que el 76% de los padres se consideraba satisfecho o muy satisfecho con esa escuela, mientras que sólo el 7% de los padres se manifestaba poco o nada satisfecho con el colegio de sus hijos. La conformidad con la escuela fue del 84% en 1991 y del 73% en 1993. En todos los estudios se muestran más satisfechos quienes envían a sus hijos a establecimientos privados (88%) que quienes han elegido escuelas públicas (79%). También es mayor la satisfacción entre las personas de mayor nivel socioeconómico: se muestra conforme el 92% de los entrevistados de nivel alto y el 81% tanto en el nivel medio como en el bajo.
Llegado el momento de evaluar de manera general el rendimiento académico de los alumnos en el país, el 47% de los encuestados considera que este es bueno o aceptable. Sin embargo, cuando se evalúa el rendimiento de los propios hijos, el 81% de los padres lo considera bueno; el 15%, regular y sólo el 3%, malo. Al igual que lo que ocurre con la satisfacción con las escuelas, están algo más conformes con el rendimiento de sus hijos los padres que los envían a establecimientos privados que quienes lo hacen a los públicos (el 87% contra el 77%), así como los provenientes de sectores económicamente más favorecidos.
Esta distorsión no es exclusiva de la Argentina. Desde hace treinta años, la organización estadounidense Phi Delta Kappa, junto con la encuestadora Gallup, investiga las actitudes sociales hacia las escuelas públicas. En el estudio correspondiente a 1998, sólo el 18% de los padres calificó positivamente las escuelas públicas de los EE.UU. Ese porcentaje aumentó al 46% cuando las evaluadas fueron las escuelas de la zona en la que vivía el encuestado y trepó al 64% cuando la opinión se refirió concretamente a la escuela a la que concurría su propio hijo o hija mayor.
En cambio, esa conformidad varía cuando se comparan las actitudes de los padres pertenecientes a otras culturas. Cuando se investiga la satisfacción de los padres con el colegio en el que sus hijos cursan el quinto grado de la educación elemental, esta alcanza el 75% en los EE.UU, el 50% en Taiwan y el 33% en Japón.
Los resultados coincidentes de estudios realizados en la Argentina, que recurrieron a métodos diferentes y se llevaron a cabo en grupos de población diversos y en distintos momentos, permiten concluir inequívocamente que los padres argentinos consideran que la educación en el país atraviesa una profunda crisis... de la que ellos y sus hijos han logrado escapar.
Resulta interesante investigar las razones por las que los padres dicen estar satisfechos con la escuela a la que asisten sus hijos. En el estudio citado, realizado en 1996 por Zuleta, los entrevistados fundamentan tal satisfacción en el hecho de que, en la escuela elegida, los niños adquieren no sólo formación en valores y actitudes de convivencia (79%), sino también capacidad de razonamiento autónomo (77%), así como buenos conocimientos de lengua y ciencias sociales (76%) y de matemática y ciencias exactas (75%). En las investigaciones realizadas en años anteriores, se obtuvieron similares evaluaciones positivas acerca del logro de esos objetivos de enseñanza en un porcentaje que siempre superó el 75%.
Podría resumirse la situación afirmando que las personas encuestadas están satisfechas con la escuela a la que asisten sus hijos porque advierten en ellos positivos logros académicos, fundamentalmente en los campos de la lengua y la matemática.
¿Se corresponde con la realidad esta satisfacción de los padres con lo que aprenden sus hijos en la escuela? A partir de 1993, la Argentina ha encarado un programa nacional destinado a evaluar sistemáticamente el rendimiento de niños y jóvenes en distintas etapas del ciclo escolar. Lo que se ha investigado es el conocimiento de la lengua y la matemática, precisamente los dos campos en los que los padres consideran satisfactorio el rendimiento de sus hijos.

Los resultados obtenidos en los operativos nacionales de evaluación de la calidad educativa realizados hasta ahora por el Ministerio de Cultura y Educación son coincidentes con los de investigaciones similares, menos ambiciosas, llevadas a cabo en diferentes ámbitos. Todas han puesto de manifiesto graves deficiencias en los conocimientos de los niños al terminar la escuela primaria y de los jóvenes que completan su educación media. Es más, hay evidencias que confirman la sensación generalizada de que el nivel de conocimientos alcanzado por los jóvenes al concluir sus estudios secundarios ha disminuido en forma sostenida en el transcurso de los últimos veinte años.

jueves, 5 de marzo de 2015

¿Cuánto aprenden realmente nuestros niños y jóvenes? La evaluación del conocimiento en la Argentina


Aquí va la guía de lectura:

  1. ¿De qué se trata el artículo?
  2. ¿Qué sucedió con la opinión pública al inicio de la publicación de los datos?
  3. ¿Qué sucedió con la opinión pública después de un tiempo de publicación de los datos?
  4. ¿Qué significa la escala con que se midió al alumno del 1 al 10?
  5. ¿Cuáles fueron los primeros resultados en lengua y matemática?


Estimados Alumnos vayan leyendo este texto, el fin de semana cargo la guía de lectura.
Casi todos los países están muy interesados en establecer el rendimiento académico de sus niños y jóvenes. Con esa finalidad, organizan complejas investigaciones destinadas a obtener datos que permitan cuantificar ese rendimiento. Si bien, entre 1989 y 1992, se realizaron intentos de medición esporádicos y parciales en distintas jurisdicciones del país, a partir de 1993 la Argentina adoptó esta estrategia de manera decidida al crear un sistema nacional de medición de la calidad educativa. Desde entonces, mediante el estudio de grandes muestras nacionales, todos los años se explora el rendimiento en lengua y matemática de alumnos que se encuentran en distintas etapas de su experiencia educativa. Además, a partir de 1997, se está realizando anualmente un operativo nacional en el que se investiga el conocimiento de todos los alumnos que concluyen la escuela secundaria.
Los resultados del primer operativo nacional de evaluación de la calidad, conocidos a comienzos de 1994, conmovieron a la opinión pública, que se manifestó asombrada por las deficiencias observadas. Durante semanas, los medios de comunicación analizaron esa preocupante situación, y se debatieron las posibles causas de los fracasos observados y las alternativas de cambio. El impacto que tuvieron, en la opinión pública, los resultados de los operativos siguientes fue disminuyendo de manera progresiva. En los últimos años, los datos, que en líneas generalesconfirman los iniciales, no despiertan mayor interés en el público. Gradualmente, se ha ido desviando la discusión hacia los aspectos técnicos y se van dejando de lado las serias deficiencias de nuestros niños y jóvenes, que se confirman año tras año. En general, los expertos se han concentrado en analizar los problemas que surgen del sistema de evaluación, que indudablemente los tiene, como toda empresa de esta magnitud y Complejidad. En 1997, el operativo implicó la evaluación de una muestra de más de 130 mil alumnos de 5.420 escuelas primarias y, en 1998, de más de 260 mil estudiantes que completaban su secundario en 11.829 colegios.
Los resultados de estas evaluaciones no hacen más que confirmar la experiencia de quienes están cotidianamente en contacto con niños y jóvenes, así como los datos obtenidos en numerosas investigaciones parciales realizadas en los más distintos ámbitos, especialmente a propósito de la incorporación de los estudiantes a las universidades, que recurrentemente atraen la atención periodística.

Los resultados de las evaluaciones reflejan la competencia de los alumnos, expresada en una escala de 1 a 10, en la que el nivel máximo no corresponde a la excelencia, sino tan sólo al mínimo que cabe esperar de un alumno que se encuentre en el curso investigado. En 1993 se comprobó que, en el séptimo grado, tomando el conjunto de las escuelas del país, la calificación alcanzada en matemática era de 5,2 y, en lengua, de 5,3. Los temas que presentaron mayor dificultad en matemática fueron las fracciones y los números decimales (en esos temas los niños obtuvieron, en promedio, una calificación de 3,1 sobre 10) y en lengua, la comprensión de los textos leídos (ítem en el que obtuvieron 2,7 puntos) y de las reglas gramaticales (tema en el que alcanzaron 3,1 puntos). Datos similares se obtuvieron en 1997 cuando se analizó el comportamiento de la totalidad de los alumnos que completaron el secundario, cuyo rendimiento fue de 6,7 tanto en lengua como en matemática. Sugestivamente, en el caso de los ejercicios abiertos, en los que a diferencia de los cerradoslos alumnos no debían elegir sino elaborar la respuesta, se obtuvo un rendimiento bajísimo tanto en matemática como en lengua.
Una de las observaciones más interesantes realizadas en los operativos de evaluación es que el rendimiento de los alumnos de escuelas estatales y privadas no se diferencia en el modo notable que cabría esperar, a juzgar por la confianza que los padres demuestran crecientemente en la educación de gestión privada. Si se considera el nivel primario en escuelas urbanas, en el área de lengua, las calificaciones oscilaron entre 5 en 1993 y 5,9 en 1997 en los colegios estatales y entre 6,4 y 6,9 en los privados. Un contraste similar se observa en matemática: el rendimiento en las escuelas estatales fue de 5,1 en 1993 y de 5,3 en 1997, y en las privadas, de 6,5 y 6,3 respectivamente.
Es decir que, entre los alumnos de cada tipo de escuela, existe una diferencia de alrededor de un punto, que se ha mantenido estable durante estos años. Esa diferencia resulta fácilmente explicable por la influencia que ejerce el mayor acceso a los bienes culturales por parte de los alumnos que asisten a las escuelas privadas. Ahora bien, hasta el momento la brecha no adquiere en absoluto la magnitud que se podía haber anticipado. En otras palabras, existen muy buenas y muy majas escuelas públicas, así como muy buenas y muy malas escuelas privadas. Muchas otras investigaciones independientes han arrojado iguales resultados, aunque tomando como muestra grupos menos numerosos de estudiantes. Estos resultados confirman que el problema educativo responde a causas mucho más profundas que el régimen de gestión de la escuela, sea estatal o privado.
Un comportamiento análogo se observa cuando se analiza el conocimiento adquirido por los estudiantes que finalizan su secundario en escuelas urbanas estatales y privadas. La diferencia en las evaluaciones de los alumnos provenientes de ambos tipos de establecimientos osciló, tanto en lengua como en matemática, entre el 5 y el 10% en los distintos cursos investigados desde 1993.
¿Qué es lo que se pregunta en estas evaluaciones? Por lo general, la índole de los temas investigados se expresa mediante un lenguaje técnico que puede oscurecer la gravedad de la crisis. Algunos ejemplos aclaran la situación.
En el sexto grado de la educación primaria, sólo cinco de cada diez estudiantes son capaces de identificar la forma de expresión correcta entre las siguientes frases:
a.                      El aula y el patio está vacío.
b.                      El aula y el patio están vacías.
c.                       El aula y el patio están vacíos.
d.                      El aula y el patio está vacía.
Algo menos de cinco de cada diez alumnos que cursan el segundo año del colegio secundario responden correctamente a la pregunta que sigue: "Sabiendo que una casette de 60 minutos de duración tiene 90 metros de cinta, ¿cuántos metros de cinta serán utilizados para una grabación de un cuarto de hora?".
a.                      0,375 m
b.                      6 m
c.                       22,50 m
d.                      360 m
Al concluir la educación secundaria, sólo cinco de cada diez adolescentes son capaces de responder correctamente a esta pregunta:
"Juan y Rodrigo deciden ahorrar para comprarse una guitarra eléctrica. Si Juan reunió el triple de dinero que Rodrigo, y entre los dos reunieron $ 2.040, ¿cuál es el aporte de Rodrigo?".
a.                      $ 1.530
b.                      $ 1.020
c.                       $ 680
d.                      $510
• Al concluir el secundario, sólo cuatro de cada diez alumnos son capaces de calcular un porcentaje simple. También en este grupo, sólo cuatro de cada diez estudiantes respondieron correctamente a esta pregunta: "Tenemos 15 sacos blancos y 7 negros en una caja. Si extraigo uno al azar, ¿cuál es la probabilidad de extraer un saco negro?".
a.                 7/15
b.                 7/22
c.                 22/7
d.                1/22
Si bien se podría abundar en ejemplos, bastan los citados para comprender que las deficiencias se registran a propósito de conocimientos elementales, que no representan grandes proezas intelectuales, sino operaciones y conceptos imprescindibles para el desempeño normal en la vida cotidiana.

Al igual que en todos los operativos de evaluación, en el realizado en 1997 en oportunidad del final del secundario, se registraron importantes diferencias de acuerdo con la jurisdicción del país considerada. Por ejemplo, en el caso de matemática, el rendimiento fue de 6,7 en la provincia de Buenos Aires y de 4,7 en Catamarca. En lengua, la calificación promedio fue de 7,2 en la Ciudad de Buenos Aires y de 5,0 en La Rioja.