Guía de lectura para el miércoles 1 de Abril
¿Para qué educar?
- ¿Cuál es el objetivo de educar?
- ¿Los cambios culturales y tecnológicos han cambiado la naturaleza esencial del hombre?¿Por qué?
- ¿Qué son las “habilidades básicas” que nos permiten progresar como personas?
- ¿Cuáles son esas “habilidades básicas”?
- ¿Se puede vivir tranquilo y conforme sin desarrollar esas habilidades? (Es una pregunta personal, no hay una respuesta correcta, lo importante es tu respuesta)
- ¿Cuál te parece más importante de esas habilidades básicas y por qué? (también es personal)
- ¿Cómo
se transfieren esos habilidades básicas?
¿Por qué se asiste a una escuela? - ¿Por los contenidos?
- ¿Por los hábitos?
- ¿Qué tipos de consciencia crea una escuela?
- ¿Por qué esos tipos de consciencia son fundamentales?
- ¿Para qué los maestros?
- ¿Cuál es la función que siempre conservará el maestro?
- ¿Qué quiere decir que se convierte en “responsable del mundo” el maestro, ante el alumno?
- ¿Qué quiere decir esta definición: enseñar es el arte de ser humano y de comunicar esa humanidad a los otros?
- Lee la parte “El agotamiento del capital docente” e intentá hacer un resumen.
¿Para qué educar?
Dejaremos
que este interrogante sea inicialmente respondido por Randy Sparkman, un
tecnólogo estadounidense interesado en el lenguaje y en las implicancias
culturales de los medios y las máquinas. Su respuesta nos ayuda a entrever
posibles estrategias para la supervivencia de la escuela, que es otra forma de
decir, para la continuidad de lo humano. "Educar" dice"sin duda para
la cultura privada, para el trabajo y también para los asuntos públicos. E1
objetivo es ayudar a nuestros niños a alcanzar su máximo potencial, no sólo
como seres económicos sino, fundamentalmente, como seres humanos."
Advierte
a este respecto un hecho clave: aunque hayamos ocupado con tecnología cada
resquicio de nuestras vidas, la naturaleza esencial del hombre ha cambiado
poco. Seguimos siendo seres motivados por los desafíos, discutidores,
sociables, orientados hacia el trabajo, dispuestos a tomar riesgos, regidos por
el espíritu. Por eso, como la tecnología evoluciona permanentemente mientras la
naturaleza humana cambia tan lentamente que parece perenne, la ironía de la era
digital es que serán las habilidades "básicas", no las fundadas en la
tecnología, las que permitan progresar a los personas.
¿Cuáles
son estas habilidades? Sparkman prefiere referirse a ellas como dones o
regalos, no en el sentido de algo físico construido, comprado o cedido, sino
más bien como la transferencia de una actitud, de una predisposición, de un
rasgo que pasa de una generación a otra, a diferencia de los productos de los
transitorios y a menudo estériles entrenamientos "prácticos".
Entre esos dones, menciona los siguientes:
•la
habilidad de leer textos y comprenderlos, don que será tan importante en el
próximo siglo como lo fue en el siglo XV;
• la
capacidad de pensar independientemente, de resolver problemas, de generar
ideas;
• la
posibilidad de expresar esas ideas en forma clara y simple;
• la
capacidad de discernir y elegir lo que tiene valor entre la multitud de
estímulos que nos ofrece la realidad;
• la
conciencia del contexto en el que se desarrolla la vida personal, lo que supone
advertir la esencia de cada uno como ser histórico: quién es uno y de dónde
proviene, quiénes son los otros, cómo ha llegado la humanidad hasta aquí;
• la
identificación de las diferentes causas que generan el cambio, que no son sólo
las tecnológicas, así como la comprensión de que no todas las facetas de
nuestras vidas están sometidas a transformaciones de igual velocidad, y
• una
percepción del equilibro que debe caracterizar a la vida humana construida
mediante la experiencia de diversas disciplinas y de la constelación de
actividades dispares que hacen a la multidimensionalidad de la aventura del vivir.
Ejemplo y disciplina para
transmitir valores
¿Cómo se transfieren esos
"dones"? Fundamentalmente, mediante el ejemplo y cultivándolos con
disciplina. No basta con que los adultos aprueben las enunciaciones si luego
terminan abdicando de la responsabilidad de preparar a los niños para el
futuro. Esta alcanza a todos y no sólo a los educadores: padres, empresas,
comunidad, gobierno. Como señala Sparkman,
esta apuesta por las habilidades
básicas no es una simple apelación nostálgica a regresar al pasado. Esta
sugestión se basa en el convencimiento de que, a medida que las máquinas
digitales se insinúan cada vez más en nuestras vidas, serán las habilidades
específicamente humanas, aquellas en las que las computadoras fracasan, las que
nos permitirán manejar nuestra tecnología y emplearla siempre que permitan
agregar valor y no confusión a nuestra existencia. La tecnología ocupará un
lugar creciente en la vida de la gente pero, independientemente del hecho de
que un niño llegue a ser un ingeniero de sistemas o un pintor de paredes, las
habilidades básicas requeridas para crear, asimilar y expresar el conocimiento
y la información son las mismas y, por eso, serán . esenciales para todas las
actividades económicas y sociales.
Dispuesta a proporcionar estas capacidades, a hacer a
los niños estos "regalos" junto con la familia, la escuela debería
advertir su papel como último refugio de lo humano, siempre que consiga
resistir con éxito el embate de las tendencias señaladas más arriba. Si lo
logra, será uno de los pocos ámbitos institucionales en los que resultará
posible que los niños y los jóvenes adquieran herramientas que les permitan
encarar la aventura singularmente humana de intentar comprender el mundo, de
reconocer en él un orden y de darle un sentido a la experiencia de vivir
William Johnson Cory, un profesor de
la prestigiosa escuela de Eton, en Inglaterra, definió muy bien el propósito de
la educación cuando dijo a sus alumnos en 1861:
No están ustedes comprometidos tan sólo en adquirir
conocimientos, sino, fundamentalmente, en realizar esfuerzos mentales mientras
son sometidos a la crítica. Si poseen facultades mentales normales, pueden
adquirir y retener una cierta cantidad de conocimientos, y no es necesario que
se lamenten por las horas que han dedicado a lo que sin duda olvidarán porque
al menos la sombra del conocimiento perdido los protegerá de muchas ilusiones.
Pero ustedes asisten a una gran escuela, no tanto por
el conocimiento sino para adquirir artes y hábitos: el hábito de la atención,
el arte de la expresión, el arte de asumir de improviso una postura
intelectual, el arte de ingresar rápidamente en el pensamiento de otra persona,
el hábito de someterse a la crítica y a la refutación, el arte de indicar
asentimiento o disenso en forma medida, el hábito de prestar atención a los
pequeños detalles de los que depende la exactitud, el hábito de advertir qué es
posible realizar en un tiempo determinado. Van a una gran escuela para
desarrollar el gusto, la discriminación, el coraje y la sobriedad mentales.
Pero, por sobre todo, asisten a una gran escuela para
conocerse a ustedes mismos.
Desde
otra perspectiva, el académico francés contemporáneo Marc Fumaroli resume muy
bien esta visión de la escuela:
La escuela es la llave del futuro de nuestra civilización. Su
papel debe ser contribuir a crear conciencia lingüística, conciencia histórica
y conciencia moral. Estas tres formas de la conciencia de uno mismo, que son
inseparables de la conciencia del otro, constituyen el modesto objetivo para la
escuela del mañana. Debemos tener el coraje de depositar en la escuela el
germen de una educación que se oriente en la dirección opuesta al utilitarismo
dominante. Sólo así las futuras generaciones podrán reaccionar críticamente
frente a la poderosa maquinaria del conformismo cultural.
La única posibilidad de salvaguardar
la especificidad cultural de raíz europea, en su opinión, es adherir al modelo
escolástico de derivación humanista, que busca conformar una cultura general en
contraposición a la especialización precoz que algunos alientan, siguiendo el
ejemplo estadounidense.
¿Para qué los maestros?
Así
concebida, la escuela queda como última trinchera de la posibilidad de
enfrentar a las nuevas generaciones con el ejemplo inspirador de quienes
respetan la tarea de conocer y se dedican a ella: los maestros.
Efectivamente, son ellos quienes encierran la clave del
aprendizaje. Lo señala muy claramente el psicólogo infantil G. Ginott cuando
dice:
He llegado a una conclusión aterradora: yo soy el
elemento decisivo en el aula. Es mi actitud personal la que crea el clima. Es
mi humor diario el que determina el tiempo. Como maestro, poseo un poder
tremendo de hacer que la vida de un niño sea miserable o feliz. Puedo ser un
instrumento de humor, de lesión o de cicatrización. En todas las situaciones,
es mi respuesta la que decide si una crisis se agudizará o se apaciguará y un
niño se humanizará o se deshumanizará.
Muchos problemas de la enseñanza se
resolverán en la próxima década. Se crearán nuevos ámbitos de aprendizaje y nuevas
formas de instrucción. Una función, sin embargo, será siempre conservada por el
maestro: crear el clima emocional del aprendizaje. Ninguna máquina, por
sofisticada que sea, puede hacer este trabajo.
El filósofo español Fernando Savater explica de esta manera la
función trascendente del maestro:
Quien pretende educar se convierte en cierto modo en responsable
del mundo ante el neófito, si le repugna esta responsabilidad, más vale que no
estorbe. Hacerse responsable del mundo no es aprobarlo tal como es, sino
asumirle conscientemente porque es y porque sólo a partir de lo que es puede
ser enmendado.
Neil Postman, a cuyo pensamiento
recurrimos en forma reiterada, señala:
A pesar de nuestros intentos de convertir la docencia
en una ciencia, a pesar de inventar materiales de enseñanza a prueba de
maestros, y aun a pesar de nuestra intención de crear "nuevos currículos
relevantes", un simple hecho hace que todos estos propósitos naufraguen.
Efectivamente, un estudiante aprende cuando siente que su maestro es una
persona auténtica, cálida y curiosa. Cuando
el estudiante no lo percibe así, no aprende. No hay forma de evitar este simple
hecho, aunque las personas con orientación tecnológica lo intentemos
obstinadamente. Creemos en los expertos y en sus capacidades, y tendemos a no
confiar en ninguna actividad que no implique una técnica compleja. Y, sin
embargo, el aumento de la complejidad en torno al acto de enseñar no ha
introducido una gran diferencia, porque siempre regresa a la superficie el
simple hecho de que enseñar es el arte de ser humano y de comunicar esa
humanidad a los otros. ¿Poiqué nos resulta tan difícil aceptarlo? ¿Por qué
confiamos en nuestras máquinas, nuestras ecuaciones y nuestras fórmulas más que
lo que confiamos en nuestra humanidad? ¿Por qué pensamos que un currículo puede
hacer algo que las personas no podemos? Nuestro fracaso en colocar el afecto y
la empatia en el centro del proceso educativo dice algo muy grave sobre
nosotros mismos, y no pienso que nos resulte muy útil perseverar a menos que
podamos aprender a amar menos nuestra tecnología y más a nosotros mismos.
El agotamiento del capital
docente
Asistimos a un creciente desprestigio social de la
tarea docente, que, en nuestro país, queda claramente confirmado por la escasa
remuneración que reciben quienes se dedican a ella. Conocemos las opiniones de
modelos y deportistas sobre los más diversos problemas argentinos, pero no
recordamos el juicio de un maestro. Por eso, no podemos sorprendernos por la
calidad de los "héroes" valorados por nuestros niños y jóvenes. Estos
aprenden muy bien de los ejemplos que a diario les ofrecemos los adultos, al
presentarles como modelos a quienes personifican lo que decimos menospreciar.
Entonces, ¿a quiénes esperamos que valoren más los chicos? Un estudio reciente
demuestra que los ídolos de los niños argentinos de entre 8 y 12 años son el
futbolista Diego Maradona (20%) y los cantantes Fito Paéz (18%), Luis Miguel
(14%), Ricky Martin (12%) y Bonjovi (11%).
El capital docente que hemos recibido se nos agota en
cantidad y en calidad. Es por el desinterés de todos por lo que languidecen
nuestros pobres maestros, acosados por cambios permanentes que generan una
verdadera "fatiga de la innovación", por la ansiedad que despierta un
perfeccionamiento que consideran vitalmente necesario pero que se les hace casi
imposible, por la verdadera condena que les impone su vocación. Los propios
docentes advierten ese desinterés: de acuerdo con un estudio del Instituto de
Investigación Observatorio Urbano, ocho de cada diez docentes están poco o nada
satisfechos con el reconocimiento que brinda la sociedad a su actividad.
Posiblemente, esta falta de reconocimiento social
explique que, entre 1986 y 1992, mientras la cantidad de alumnos aumentó en
todos los niveles del sistema educativo, los aspirantes al magisterio
disminuyeron en el 34%. El reciente aumento de la desocupación ha hecho que se
registre un incremento, a partir de 1995, de la cantidad de estudiantes de
profesorado en los institutos terciarios de la Ciudad de Buenos Aires, que
recuperaron los niveles de matrícula de 1986. Se ha señalado que, si bien,
décadas atrás, quienes optaban por la docencia eran jóvenes de clase media e
hijos de profesionales, en los últimos años, muchos encaran la docencia después
de haber fracasado en otros estudios. Esto hace que se incorporen a la
enseñanza jóvenes de sectores sociales con un menor capital cultural en la
medida en que la docencia, en muchos casos, se ha convertido en una alternativa
al servicio doméstico.
¿Cómo habremos de educar a los niños y los jóvenes sin
buenos maestros o profesores? Se critica, muchas veces con razón, la calidad de
los docentes actuales. Pero si se mantiene la situación de desprestigio social
en que ha caído la labor docente, manifestada, entre otros signos, por la
comentada decadencia de su remuneración, ¿alguien piensa que nuestros
estudiantes más talentosos han de dedicarse a la docencia como medio de vida?
No deberían, pues, sorprendernos los resultados de una
investigación en la que se pregunta a jóvenes universitarios argentinos cuál
consideran que es la actividad que más valora la sociedad actual: el 40% se
inclina por la de los empresarios, seguido por la de los modelos publicitarios,
animadores de televisión y deportistas. Cierran la lista el maestro, con el
1,2% de las menciones, y el profesor universitario, con el 0,4%. Es decir, que
los jóvenes perciben que la sociedad no aprecia a las personas a las que confía
su educación. Es otra forma de decir que advierten que la sociedad no cree en el
conocimiento, que es lo que esas personas representan.
No hace mucho, fue asesinado en Nueva York el hijo del
presidente de TimeWarner, uno de los conglomerados de comunicación más
importantes del mundo. Jonathan Levin, tal era su nombre, trabajaba como maestro
de inglés en una escuela secundaria del violento South Bronx y vivía en un
departamento de un ambiente. ¿Contará la Argentina actual con muchos ejemplos
similares de hijos de la clase dirigente tan vitalmente comprometidos con el
destino de los demás? • Imaginen, padres y abuelos, que sus hijos o sus nietos
un buen día les anuncian que no quieren ser contadores, modelos, dirigentes de
empresa, músicos de rock o deportistas. Que, en realidad, quieren ser...
maestros. Las razones que lievan a padres y a abuelos a reaccionar como sin
duda lo harían ante esa confesión encierran las claves para modificar lo que
nos pasa. De allí que resulte socialmente imprescindible que los argentinos nos
preocupemos por lo que les sucede a los maestros, lo que supone interesarnos
por nosotros mismos. Ese compromiso real de todos es el único capaz de crear
las condiciones para que las personas que enseñan sean las mejores. Sólo así se
podrá garantizar el cambio de rumbo de nuestra educación. Esta sigue
dependiendo del ejemplo de quienes se ocupan de generar el conocimiento, de
interesar a los demás en él, de enseñar a aprender. Siguen siendo las personas
las que llevan a cabo esas tareas y, por eso, los maestros son la educación. El respeto social que se
les dispensa es la educación. Si los
docentes no pueden vivir decentemente de su trabajo (y de hecho no pueden),
resultará imposible mantener la calidad de nuestro sistema educativo, no ya
pensar en cambiarlo. La escuela son las personas y no los edificios o las
herramientas didácticas, por modernas que parezcan.
Las escuelas no serán sitios gratos para los alumnos
hasta que no lo sean para los maestros. De proseguir la tendencia actual, las
escuelas terminarán siendo gratas sólo para las máquinas. Todo lo que se coloca
bajo el abarcador paraguas de la "modernización" (cambios
curriculares, gestión educativa, etc.) es, sin duda, importante. Pero resulta
imposible insertarlo en una realidad que transita por otros senderos. Los
permanentes conflictos que sacuden a la docencia, como gran parte de lo que
sucede en la Argentina contemporánea, reflejan esa colisión entre el querer
(muchas veces, compartido) y la posibilidad real de ser. Cuando el discurso de
la reforma modernizadora se estrella contra la tozuda y concreta realidad, estalla
la crisis.
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